• Santi

El gestor cultural millennial ante los nuevos retos

El 18 de marzo de 2021 fui invitado a participar en la mesa redonda: "Nuevos horizontes para la política cultural local" en el contexto del I Foro Municipios x la Cultura en el Campus de la Universidad de Cádiz de Jerez de la Frontera, en el contexto de la candidatura de esta ciudad como Capital Europea de la Cultura en 2031.


En la mesa participaron Ernesto R. Ottone (Subdirector General de Cultura de la UNESCO), José Andrés Torres Mora (Presidente de Acción Cultural Española), Daniel Mantero Vázquez (Teniente de Alcalde y Delegado de Cultura de Huelva), Ana Redondo García (Delegada de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid), Gema Carrera (Técnica del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico) y yo, en calidad de Gestor Cultural y Especialista en Museos y Patrimonio. La mesa fue introducida y moderada por Isamay Benavente (FUNDARTE. Ayuntamiento de Jerez).



Cuando recibí la invitación a participar y considerando el panel de expertos con el que la iba a compartir, estuve cuestionándome por dónde debería ir mi aportación al tema y decidí abordarla desde un punto de vista muy práctico y crítico. No podía hacerlo de otra manera, ya que las actuales circunstancias de la profesión tras encadenar varias crisis, me invitaba a ser un contrapunto al discurso más oficial y político que el resto de miembros previsiblemente iban a adoptar. En concreto quise hablar sobre la situación en la que nos encontramos los profesionales de mi generación, los gestores culturales millennials, ya que somos la generación que está llamada a completar la transformación radical de la profesión.


Como gestor y consumidor cultural, soy millennial y esto hace que afronte ambas vertientes desde las premisas que caracterizan a esta generación. El mundo ha cambiado muchísimo, se han centrifugado todas las revoluciones y cuestiones que antes dábamos por sentado, ya no sirven o tienen que revisarse. La generación millennial es clave para completar estos cambios porque somos la generación que comprende de dónde vienen esas revoluciones y a la vez es capaz del uso de todas las herramientas que han modificado nuestra vida. Valoramos lo que han aportado nuestros mayores, consideramos que las generaciones previas han tenido un papel clave en la implantación de la democracia cultural y política en nuestro país, por eso sobre esas bases hay que repensar un futuro que nos identifique. Somos la bisagra fundamental para este cambio.


Por ello, comencé a definir a la generación millennial en tres rasgos fundamentales:


1. Somos una generación de personas idealistas que viven con desencanto varios aspectos de la vida. La gente de mi generación comenzó a politizarse a raíz del 15-M porque el sistema anterior le parecía ajeno y vio en esta revolución una oportunidad de cambio de paradigma. Aún así, la gente de mi generación está frustrada en el terreno laboral, porque a pesar de haber completado una formación extensa y diversa, ve como el mercado laboral no permite una inclusión equilibrada (de cada 5 personas de mi generación, solo una se encuentra satisfecha en lo laboral), de lo que se derivan otros problemas como la dificultad del acceso a la vivienda, la fuga de talento y la desigual tasa de emancipación.


2. Somos una generación hiperconectada que casi no recuerda un mundo sin internet, y esto hace que seamos una generación muy social, donde las barreras no existen y la transferencia de conocimiento, experiencias e información sea ágil y dinámica, creando contenidos al mismo tiempo que los consumen.


3. Somos (junto con las próximas generaciones) una generación impaciente, con una gran dosis de autocrítica y que queremos cambiar el mundo, donde conceptos como el desarrollo sostenible, la igualdad y la justicia social han dejado de ser un mantra para convertirse en los ejes fundamentales de los proyectos que conforman nuestras carreras y desarrollos profesionales.


Con todo esto, queda claro que nuestra manera de afrontar el mundo y los proyectos parten de unas bases sólidas y con fundamentos muy concretos.


De este modo, a la pregunta de ¿a qué se enfrenta hoy tras tres crisis – económica, pandémica y el reto globalizador – cuando plantea su trabajo, su responsabilidad? respondí que nos enfrentamos a una constante gestión del cambio, centrifugado en este último curso por causa de la crisis sanitaria. Porque tras esas tres crisis ¿dónde ha quedado la cultura? o ¿qué ha cambiado en el acceso a la misma?. Creo que el propio concepto de cultura, amplio y diverso con el que nos manejamos en la actualidad, hace que sigamos entendiéndola como connatural al ser humano y todas sus expresiones, pero lo que sí que ha cambiado radicalmente con las formas a través de las que llegamos a ella. En mi última etapa como coordinador de exposiciones en una Fundación Pública Andaluza, he tenido que evolucionar hasta completar una transformación digital de mi trabajo y de mis proyectos. Las exposiciones, otrora físicas y concretas en el espacio y el tiempo, han tenido que mutar hacia formatos digitales y virtuales para ser consumidas desde la red a través de los ordenadores o dispositivos móviles. Lo mismo ha ocurrido con otros formatos de consumo cultural (seminarios, cursos, talleres, conferencias, etc). Esto es una tendencia que, aunque no es nueva, se ha consolidado y parece que, a la vista de los resultados, se va a convertir en eje primordial. En el caso concreto que estamos hablando, la asistencia de visitantes individuales a exposiciones (sin contar afluencias en grupo o colectivo), se ha aumentado considerablemente, mientras que en otros formatos como los seminarios, se han llegado a multiplicar las afluencias. Además, el consumo a través de medios digitales permite resolver algunas cuestiones que con el formato tradicional resultaban más complejas: permite una gestión más ágil y económica la organización, es más fácil identificar la procedencia de los públicos y permite sistematizar la obtención de evaluación cualitativa de los formatos propuestos. Además, los medios digitales en museos y exposiciones están permitiendo el desarrollo de otros discursos y nuevas narrativas más inclusivas, multiculturales y que huyen de visiones únicas. Ya parece pasado el tiempo en el que la cultura ilustraba a las masas, ahora los roles de emisor y destinatario dejan de estar siempre en el mismo sitio y queremos entender los equipamientos culturales o las estrategias de mediación cultural como “campos de negociación de significados”.


No todo es bueno en este cambio de paradigma al que hago referencia, sino que por parte del sector hay una postura bastante extendida en la que se denuncia el hecho de haber tenido que completar esta transformación digital con más voluntad que medios, ya que lo que esconde esta capacitación acelerada de los mismos técnicos que antes desarrollaban sus proyectos en un escenario más analógico, es una reformulación de muchos puestos de trabajo, perfiles profesionales que deben incorporarse al tejido de industrias culturales con urgencia, como son: el comunity manager, el editor de contenidos multimedia, el especialista en estrategia digital, el trafficker digital o el gestor de plataformas.


La segunda pregunta propuesta fue ¿cuál es su compromiso y cuáles son sus desafíos y retos? Mi compromiso ahora mismo pasa por el terreno más personal y reside en poner todo de mi parte para salir fortalecido de esta crisis a pesar del desaliento. No somos una excepción los que vemos como un trabajo impecable no tiene respuesta del mercado ni siquiera en lo público, no somos pocos los que hemos incluso llegado a desconfiar en las ventajas de la excelencia, ni siquiera del concepto de la misma excelencia. Las crisis son momentos donde escasean las certezas. Teniendo esto en cuenta, y hastiado de teorías y posicionamientos preclaros, reivindico a "la duda" como aliada. A la duda la he entendido siempre como motor para avanzar, mejorar y afrontar situaciones. Es el detonante del proceso de búsqueda y es una postura desde la que construir, por eso al hablar de “nuevos horizontes para la política cultural local” espero que podamos asistir a una reformulación de los programas, los formatos y las prácticas culturales, poner en tela de juicio todas las “verdades universales” con las que hemos ido comulgando durante estos últimos años y diseñar procesos que huyan de convencionalismos.


El reto está en la metodología, las maneras de conseguirlo. Si de verdad queremos reformular la esfera de las políticas culturales debemos permitir que la metodología permita la participación de la ciudadanía, pero de una manera eficaz. Para que esto sea así, el paso previo es incorporar un componente muy didáctico, casi pedagógico en la propia gestión o definición de políticas culturales. De esta manera, sí se pueden ir construyendo entre todos los discursos que queremos lanzar al mundo.


La última pregunta fué ¿cuál es su visión para el futuro? Para el futuro tengo una lista de deseos enorme, que incluye desde aspectos muy concretos y hasta misiones idealistas:


- Formación académica para la gestión cultural, incrementándolas y revisando los programas actuales.

- Leyes que fomenten, den cobertura y amparen la práctica de la gestión cultural.

- Instituciones que trabajen para incluir en sus programas a todo el espectro social o a todas las comunidades implicadas.

- Museos y equipamientos culturales libres de complejos, que asuman sus limitaciones y trabajen desde posiciones de igualdad, que no solo se muevan en el terreno de lo convencional o cómodo, sino que se adentren y apuesten por la capacidad que tiene la cultura, el arte, la expresión, el patrimonio de abordar cuestiones que aún no tenemos superadas como sociedad.

- Instituciones críticas consigo mismas y sinceras con la sociedad.


No es fácil, pero es más necesario que nunca. Para ilustrar la dificultad de este asunto, terminé mi intervención aludiendo a un hecho que justo unos días antes la profesora Soledad Gómez en el contexto del curso "Metodología sobre creación de contenidos digitales para museos y sitios patrimoniales" empleó como ejemplo: En 2019 el ICOM quiso cambiar la definición de Museo. Tras trabajar con los profesionales convinieron en esta definición:


“Los museos son espacios democratizadores, inclusivos y polifónicos para el diálogo crítico sobre los pasados y los futuros. Reconociendo y abordando los conflictos y desafíos del presente, custodian artefactos y especímenes para la sociedad, salvaguardan memorias diversas para las generaciones futuras, y garantizan la igualdad de derechos y la igualdad de acceso al patrimonio para todos los pueblos.


Los museos no tienen ánimo de lucro. Son participativos y transparentes, y trabajan en colaboración activa con y para diversas comunidades a fin de coleccionar, preservar, investigar, interpretar, exponer, y ampliar las comprensiones del mundo, con el propósito de contribuir a la dignidad humana y a la justicia social, a la igualdad mundial y al bienestar planetario.”


Esta definición, que había sido el resultado de uno de los procesos más democráticos de la historia del ICOM no llegó ni siquiera a la comisión para ser votada. Fue tachada de eurocentrista y colonialista a pesar de que su formulación estaba hecha sobre las más nobles y buenas intenciones. El problema fue que no encajaba por igual para todas las realidades. La inclusión de conceptos como el diálogo crítico o la contribución a la dignidad fue asumido por algunas comisiones como un objetivo reprobable, entendiendo las dinámicas y posturas decolonialistas como base para entender esta argumentación.


Este es el ejemplo más claro de la dificultad actual para conseguir consensos. No bastan las buenas voluntades, sino que son el diálogo, la horizontalidad y la comprensión de la diversidad lo que debe guiar la gestión cultural eficaz en nuestros días, y el gestor cultural millennial lleva enfrentándose a esta dialéctica en múltiples aspectos de su vida. Ojalá los “vientos de cultura” (lema escogido por la candidatura a Capital Europea de la Cultura) sirvan para revolucionar esta realidad desde el sur del sur.




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